La mala vida (imaginaria) de Emilio Streicher

Una crónica ficticia sobre aquel incendio de las Galerías Arrubla, en la Bogotá de 1900.

POR Fernando Nieto Solórzano

Septiembre 26 2025
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Fotografía de Ernst Röthlisberger.

“Las llamas crecían, se retorcían, 

silbaban cual si fuesen ígneas 

serpientes que pugnasen por abrirse 

paso al través de los techos. 

¡Magnífico cuadro, de belleza 

horrible, el que presenciámos esa 

noche los aterrados habitantes 

de Bogotá!”.

Periódico El Orden Público, 3 de junio de 1900

 

 

De manera que aquel atardecer, mientras atravesaba en diagonal la plaza de Bolívar desde la esquina suroriental donde se alza el Colegio Mayor de San Bartolomé, hasta la esquina noroccidental del Palacio de Justicia, me detuve, a semejanza de un turista extraviado en su propia ciudad, con el propósito de mirar, como nunca lo había hecho, la larga fachada del Palacio Liévano. 

Años antes había trabajado allí, en la segunda planta, en una de las dependencias de la Alcaldía Mayor y al pie de un ventanal a través del cual entraba toda la luz de un patio interior que abundaba en árboles de tierra fría. Pero ahora un celador que parecía un espectro se paseaba con desgano bajo las arcadas oscurecidas y casi todas las luces de ventanas y accesos estaban apagadas. 

Ese vistazo a la fachada no tenía, sin embargo, el más mínimo asomo de nostalgia. Obedecía a otra motivación. Al amparo del cielo bogotano, insondable y sin estrellas, que me veía hacer un alto en mi regreso a casa, quise imaginar por unos instantes una noche de finales del siglo XIX o comienzos del XX cuya fecha precisa ignoraba, la noche remota del incendio que devoró el costado occidental de la plaza, al otro lado de la carrera Octava, ocupado en ese entonces por las Galerías Arrubla. Dadas las características del escenario en el que me hallaba –las dimensiones del Palacio Liévano, no muy distintas a las que tuvieron las Galerías, la anchura de la plaza, la mole de la catedral–, admito que mi visión momentánea del incendio no dejó de ser una epifanía poderosa y sugestiva. 

Hay incendios que han quedado para siempre en la faz de la historia, grabados como cicatrices en lugares cuyo solo nombre, al pronunciarlo en voz alta, evoca un crepitar de llamas, un estropicio de piedras y fierros y maderas que arden. Pienso en el incendio de la biblioteca de Alejandría, a mediados del siglo I antes de Cristo, y en el gran incendio de Londres en el verano de 1666 (su diabólica cifra jamás ha pasado desapercibida), que en cuestión de tres días arrasó el casco medieval de la ciudad. Pienso en el incendio del Reichstag en 1933, cuyos 25 minutos bastaron a Hitler para dar otra vuelta de tuerca a su dictadura, y en el incendio del Hindenburg, la joya de la flota nazi de dirigibles que, en 1937, a punto de tocar tierra en New Jersey, cayó convertido en una enorme bola de fuego. Pienso también en otros incendios, no en los que han llegado hasta nosotros por cuenta de testimonios orales y escritos que han viajado a través de los siglos; no en los que conocemos gracias a fotografías y películas en blanco y negro, sino en incendios que nos sorprendieron, en tiempo real, en los noticieros de televisión y en los videos de las redes sociales: el del Museo Nacional de Brasil en 2018, y en el incendio de la catedral de Notre Dame en 2019.

En los días inmediatamente posteriores a mi caminata, aquella imagen súbita y fugaz que tuve de las Galerías Arrubla envueltas en llamas solía regresar, una y otra vez, al igual que un espejismo o una obsesión. ¿De qué manera el siniestro había trastocado la vida de los hombres y mujeres que lo presenciaron y lo vivieron? ¿Qué lugar ocupaba en el pasado de la ciudad? 

Cuando hice las primeras indagaciones descubrí que el incendio había estallado la noche del 20 de mayo de 1900, exactamente cien años antes de mi experiencia como funcionario público en el Palacio Liévano, levantado sobre las cenizas de las Galerías. Supe que aparte de vidas humanas y mercancías y la totalidad de una vasta construcción que era una de las pocas obras civiles de significancia en la Bogotá de la época, también había resultado calcinado y perdido para siempre, al igual que muchos otros documentos, el original del Acta de Independencia, que en su momento fue el Acta de la Revolución. A pesar del empeño que puse en mi búsqueda, no fue mucha más la información que pude recabar. Pareciera que el incendio, por su magnitud y la dolorosa pérdida de vidas en un país que libraba la más cruenta de sus guerras civiles, por la vergüenza que trajo y sigue trayendo la quema del Acta, hubiera quedado en el subsuelo de la memoria colectiva, justo donde terminan proscritos los malos recuerdos y los traumas. 

Sin embargo, pesqué un dato que, al menos en un par de fuentes, era recurrente e iba cobrando su propia luz: el incendio había sido provocado por “las manos criminales” de un alemán llamado Emilio Streicher, según un artículo del Boletín Cultural y Bibliográfico de 1967 (el número 6), escrito por el historiador Guillermo Hernández de Alba. El tal Streicher, “autor del incendio”, era el administrador de la sombrerería donde inició el fuego, dice otro artículo de la revista Credencial Historia (la número 125) del año 2000, publicado por el arquitecto Alberto Corradine Angulo.

¿Quién era Emilio Streicher? ¿De qué manera Hernández de Alba y Corradine Angulo supieron que había incendiado las Galerías? ¿Por qué lo hizo? Con relación a las dos primeras preguntas, el silencio en las fuentes consultadas que mencionan (tan solo mencionan) el incendio es absoluto, como si el fuego de esa noche también hubiera quemado los pasos del alemán, cualquier vestigio suyo que hubiera podido existir, su sombra misma. Con relación a la tercera pregunta, la respuesta vendrá más adelante. Me hice a otro dato cuya consecución no entraña mayor mérito, pues basta digitar la pregunta en Google: el incendio de las Galerías Arrubla cayó un domingo. 

Si Emilio Streicher existió (aunque el único Streicher del que tengo noticia se llamaba Julius, el editor de un semanario antisemita condenado a la horca en el juicio de Nuremberg), imaginémoslo despertando, todavía temprano, en el último domingo suyo en Bogotá, por culpa de las campanas que repican a lo largo y ancho de una ciudad sembrada de iglesias. Son “¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos de los muertos!”, susurra Streicher al volver a los versos de Silva, el joven poeta que cuatro años antes se había suicidado en su casa de la calle 14. 

Streicher se pone la ropa del día anterior y, al humedecerse la cara, el golpe del agua helada de la palangana trae a su memoria los baños en el río Arzobispo, cuando recién había llegado y Bogotá aún no tenía acueducto de tubería de hierro y las aguateras golpeaban todos los días en la puerta, ofreciendo el precioso líquido que traían en sus múcuras de barro. Durante quince años su domicilio ha sido el segundo piso de una casona situada detrás de la catedral que está a días, horas quizás, de abandonar para siempre. El portón con aldaba de bronce en forma de cabeza de león se cierra detrás y Streicher mete las manos en los bolsillos y echa a andar, esperando aplacar la inquietud, en busca de la Calle Real del Comercio.

 

El día y la noche del crimen

Hay una fotografía de 1898 tomada por Henry Duperly en la que la cámara está ubicada justo en la esquina de la catedral, capturando la perspectiva de la Calle Real del Comercio (no es otra que la carrera Séptima) que se pierde a lo lejos, hacia el norte, donde la tenue línea de los cerros se desvanece entre los tonos sepia de la imagen. Las construcciones de dos plantas, los techos de teja y los balcones de madera revelan la inequívoca atmósfera colonial, que en una lenta mutación empieza a quedar atrás, en los estertores del siglo. Por la punta inferior izquierda de la foto irrumpen los rieles del tranvía de mulas que doblan y se adentran en la perspectiva hasta esfumarse sobre los adoquines, los mismos que en el bogotazo de 1893 pisaron como hunos los artesanos ensoberbecidos, cuyas balas y barricadas pusieron en aprietos a los agentes de policía del legendario Marcelino Gilibert. A lo mejor hoy, cuando Streicher camina por la Calle Real del Comercio, donde abren entre semana los mejores almacenes, no hay tantos transeúntes como en la fotografía, la cual apenas insinúa en su primer plano la borrosa silueta de una mujer que se abre paso en el enjambre de hombres. Hasta el último va de negro y con sombrero, una prenda que, sobra decir, Streicher conoce como pocos gracias al local que regenta, llamado El Progreso. En la imagen no aparecen carruajes y por eso todo el mundo habla a sus anchas en andenes y calzada. No faltan unos cuantos que se quedan mirando a la cámara en el instante en el que Duperly dispara el obturador.

Se me antoja que la hipotética errancia dominical de Streicher es una manera de despedirse de Bogotá y matar las horas que lo separan del momento en el que ha decidido poner en práctica su meditado plan. Pero también es mi excusa para trazar a punta de palabras (¿de qué otra forma podría hacerlo?) este retrato imperfecto de la ciudad de entonces, a la que Streicher arribó cuando el país estaba trabado en otra guerra civil que terminó arrebatándole el nombre de Estados Unidos de Colombia. Corría 1885 y el largo reinado del alcalde Higinio Cualla recién empezaba en una ciudad que no conocía el milagro de la luz eléctrica. Como a otros europeos, a Streicher aún le llaman la atención los pocos árboles de la ciudad y sus muchos perros callejeros y las nubes de gallinazos que en los días de mercado bajan a picotear entre los desperdicios de la plaza de la Concepción. ¿A quién se le ocurre que una capital pueda quedar en el lomo de los Andes? Y aun cuando el flete entre Londres y Honda siempre ha sido costoso (tan caro como entre Honda y Bogotá), Streicher se entregó desde el principio a gestionar la importación de sombreros de copa, a vender en el local bastones con empuñadura de plata, a probar suerte con leontinas, pañuelos, mancornas… A la vuelta de los años el esfuerzo ha resultado estéril. En lugar de ganancias se acumulan las deudas que crecen como espuma y la quiebra asoma en el horizonte, ensombrecido aún más por los desórdenes del alzamiento liberal de finales de 1899. A pesar de los ojos claros y la tez blanca, de su condición de extranjero y su juventud, Streicher nunca pudo contraer matrimonio con alguna bogotana adinerada que le hubiera permitido renunciar a su empleo de administrador de una sombrerería y sacarlo de afugias. La certeza lo atormenta como una herida que no deja de supurar.  

Streicher quiere visitar el parque Centenario y demorarse un rato en alguna de las bancas; quiere ir a San Diego y echar una última mirada a la fábrica de cerveza que su compatriota Leo Kopp abrió hace unos años frente al panóptico, repleto de liberales apresados por el temible general godo Arístides Fernández desde el estallido de la guerra… Resuelve, sin embargo, desandar los pasos, pues se acerca la hora que ha escogido para cometer su crimen. Decidido a no caer en las tentaciones del arrepentimiento, con un ramalazo de anticipada añoranza rememora los pasatiempos de otros días: las veladas en el Teatro Colón; las retretas; las carreras de velocípedo hasta Usaquén; los peregrinajes matutinos a la cumbre del Señor de Monserrate; las corridas; las procesiones del Corpus Christi, profusas en pirotecnia, en señoritas aderezadas con sus mejores joyas; las partidas de cartas en las chicherías y en los hogares más prestantes. Si algo les gusta a los bogotanos, dirá Streicher años después cuando repase su vida en Bogotá, es la pasión de damas y caballeros, frailes y ladrones por el naipe, la ruleta, los dados. En una época en la que al otro lado del mar los hermanos Lumière acaban de inventar el cine, ¿en qué otras cosas los habitantes de esta ciudad, pacata y aburrida, pueden ocupar el tiempo?

En la plaza de Bolívar el cielo de ceniza no se ve encajonado entre las calles estrechas y bajas y la gente que viene de otros barrios –Las Nieves, Santa Bárbara– se encuentra en el atrio después de misa de doce e intercambia noticias acerca de la guerra. Desde hace más de una semana los soldados liberales al mando de Gabriel Vargas Santos se baten contra las tropas conservadoras del general Próspero Pinzón Romero en un lugar remoto que pocos han oído mencionar: Palonegro. Nadie sabe que se trata de la batalla que decidirá la guerra, nadie sabe que la guerra va a durar más de mil días. Streicher saluda con la cordialidad que lo caracteriza, se muestra interesado, comenta trivialidades con los vecinos, hombres y mujeres que creen compartir entre iguales un olimpo inalcanzable, que miran desde arriba a quienes usan alpargatas o jamás llevan calzado. De su paso por Bogotá Streicher se llevará un recuerdo que lo acompañará siempre: el de los pies desnudos de las prostitutas más humildes, cuyos dedos suelen engalanar con anillos costosos. 

El marasmo de la siesta desocupa las calles durante casi toda la tarde, pero a la hora del ángelus vuelven a salir las beatas que al oír los campanazos caen de hinojos en el empedrado con los brazos abiertos en cruz y la boca llena de plegarias. Streicher sigue errando sin alejarse de la plaza, dominada por el magnífico bronce del Libertador que da la espalda al Capitolio. Ha llegado la hora. Antes del toque de queda impuesto a raíz de la guerra por el gobierno moribundo de Manuel Antonio Sanclemente y al amparo de la penumbra que desciende sobre calles y cerros, sobre el bronce de Pietro Tenerani y la plaza toda, Emilio Streicher se escabulle en dirección a El Progreso, en la planta baja de las Galerías Arrubla.

De un tiempo a esta parte, cuando pienso en las Galerías aflora un recuerdo. “En la familia hay un antepasado que firmó el Acta de Independencia”, dice mi padre en la sobremesa de un sábado de la infancia. Y en seguida, no sé si contestando a una pregunta mía, no sé si adelantando su respuesta a una pregunta que quizás nunca formulé, agrega: “El Acta se quemó en un incendio”. El antepasado se llamaba Emigdio Benítez y muchos años después me contaron que al parecer era el tío de mi bisabuela. 

Así que el vínculo con el Acta es también un vínculo con su histórico albergue, aunque ambos –documento y edifico- hayan desaparecido por causa del mismo fuego. En el flanco occidental de la Plaza Mayor donde hoy se levanta el Palacio Liévano, el tribuno José Acevedo y Gómez arengó al pueblo desde el balcón del Cabildo, en cuyo recinto él y mi antepasado firmaron el Acta de la Revolución ese mismo día, 20 de julio de 1810, o quizás en la madrugada del 21, junto con José Miguel Pey, Antonio Baraya, Camilo Torres, Sinforoso Mutis, José María Carbonell y una cincuentena más. 

Unos diez años después llegaron a la ciudad Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla, quienes vendieron al gobierno de la Gran Colombia –cuenta José María Cordovez Moure en sus célebres Reminiscencias– el primer coche moderno que conocieron los santafereños y que perteneció a Bolívar. Pero los hermanos Arrubla se dedicaron, más bien, a los negocios de finca raíz y en 1848 terminaron, en el predio donde se alzaba el Cabildo, una construcción que la gente empezó a conocer como las Galerías Arrubla. El primer piso lo ocupaban locales comerciales, el segundo las habitaciones del Hotel Central, y el tercero la alcaldía, la tesorería del municipio, los juzgados y otras oficinas públicas. Allí, en el archivo del Concejo Municipal, quedó alojada el Acta de Independencia. 

Durante noventa años –lapso en el que la Plaza Mayor tomó el nombre de plaza de la Constitución, antes de ser rebautizada como plaza de Bolívar– el Acta sobrevivió al sismo de 1827, al saqueo que trajo el sismo, a las demoliciones; sobrevivió a las contingencias de los trasteos, a las guerras, a la negligencia de un Estado que muchas veces no ha sabido cuidar sus reliquias. Pero la buena suerte no dura cien años (creo que el Acta estuvo a salvo por obra y gracia de un misterioso azar) y de forma violenta cambió de signo el 20 de mayo de 1900, cuando se produjo “la mayor catástrofe sufrida por la capital, después de la ocurrida en 1785 con el incendio del palacio virreinal”, escribe Hernández de Alba.    

Si Emilio Streicher existió, si en efecto fue el artífice del incendio, imaginémoslo la noche de ese domingo encerrado en la sombrerería, casi totalmente vacía y a oscuras, sentado como un fantasma en un taburete a la espera del momento propicio. ¿Ignora que dos plantas arriba está guardada en un armario o en un baúl el Acta de Independencia? Cuando por mano suya el fuego ha iniciado o está a punto de iniciar y Streicher entiende que no hay vuelta atrás, con los aires de un buen vecino que nada sabe abandona el local de El Progreso. Me ronda otra pregunta: ¿de qué manera logró eludir el toque de queda que, según Corradine Angulo, imperaba a esa hora en Bogotá? 

Empecinado en dar con Streicher quise rastrear la noticia del incendio en la prensa de entonces, cuando al calor de los acontecimientos políticos los periódicos nacían y morían todos los días en Colombia, reflejo de un mundo que estaba inventando el verdadero periodismo. En esa búsqueda me enteré que en los últimos quince años del siglo XIX, en uno u otro momento circularon, únicamente en Bogotá, títulos como La Rebelión, El Telegrama, El Cachaco, La Libertad, El Dengue, La Siesta, El Zancudo, El Globo, La Lucha, El derrumbe, La Opinión, El Centinela, La Reintegración, El Gladiador, El Triunfo… y un largo etcétera. Y sin embargo, apenas en un solo periódico, El Orden Público, fundado en 1899, de filiación conservadora, cuyas cuatro páginas divididas en tres columnas, despojadas casi siempre de ilustraciones y fotografías y que salían a diario de los talleres de la Imprenta Nacional a 5 centavos el ejemplar, encontré el cubrimiento del incendio.

En el número 155 del 21 de mayo de 1900, ocho líneas ocupan la esquina inferior derecha de la cuarta página, como incorporadas ahí en el último minuto. Adivino la carrera de un reportero a primera hora de ese lunes hasta la plaza de Bolívar donde, libreta en mano, registra lo que puede del desastre, antes de escribir y reunirse con el linotipista para armar a toda prisa en la caja tipográfica la noticia del incendio de la noche anterior.

El martes 22 y miércoles 23 de mayo (números 156 y 157) el registro del episodio ocupa, en cada número, sendas columnas de la segunda página: La catástrofe del domingo y La catástrofe del 20. Van sin firma, pero sospecho que se trata de un único autor, que declara en primera persona su condición de testigo directo del incendio. El Orden Público entra luego en un silencio de diez días, apenas interrumpido por los sobrios agradecimientos de uno que otro comerciante de las Galerías a las personas que ayudaron a salvar las mercancías, pues “Dios premia las buenas obras”. O por telegramas dirigidos a un señor de apellido Dulcey, en los que algún amigo o conocido suyo elogia el “digno comportamiento”, la “valerosa conducta” que mostró en su combate al fuego. 

Entonces, en el número 165 del 3 de junio aparecen dos textos extensos. Uno de ellos, Espantosa catástrofe, está firmado por Luis Trigueros (el estilo es semejante a los anteriores, lo que permite inferir que se trata de la misma persona), que procura desplegar lo mejor de su prosa para transportar al lector a la noche del incendio. El otro es una carta al director que tampoco escatima en recursos literarios, firmado con una “N”. A esta carta y a las tres piezas que la preceden, La catástrofe del domingo, La catástrofe del 20 y Espantosa catástrofe, me ciño de manera fiel al momento de evocar, a través de las palabras escritas por otros hace 125 años, la visión del incendio de las Galerías Arrubla. Que mi lector perdone el exceso de citas entrecomilladas.

“La noche era serena y estaba iluminada por la claridad de la luna”, dice el periodista. Alrededor de las doce, el centinela apostado en el Capitolio descubrió la presencia de fuego en el costado sur de las Galerías, justo “en la sombrerería de Streicher”. (Tal es el único dato en la totalidad del material periodístico que puede considerarse una alusión a nuestro personaje). Las primeras informaciones atribuyen el origen del incendio al fogón de una estufa que se dejó encendido, pero ¿cómo se supo esto cuando apenas habían pasado las horas?

Desde la sombrerería, así como desde un local de licores aledaño, el fuego se alzaba devorando con rapidez el maderamen de los techos y un humo negro y espeso llenaba la parte superior del edificio. Enseguida las campanas echaron a vuelo alertando a “los confiados moradores de la vieja y querida ciudad de los zipas”. Las campanadas trajeron a la plaza a una gran cantidad de personas, entre las que había rateros y galopos (léase pícaros) que se encontraron con una doble fila de agentes de policía y soldados pertenecientes a los batallones El Pinto y La Artillería que protegían las Galerías.

Estos hombres, así como no pocos civiles, iniciaron una épica lucha contra las llamas, que a la una de la mañana se convirtieron “en ráfagas de vivísimo incendio”. Este asomaba por encima del tejado de las Galerías, como las lenguas de un inmenso volcán. Algunos intentaban salvar las mercancías de la planta baja, mientras los huéspedes del Hotel Central arrojaban muebles desde el segundo y tercer piso, y los vecinos, que temían que el incendio abarcarse los alrededores, sacaban de las casas sus enseres. En la plaza de Bolívar terminaron las cajas fuertes de la alcaldía y la tesorería y dos o tres cuadros al óleo del estudio donde pintaba el maestro Epifanio Garay. No mucho más. 

A las dos de la madrugada se hizo evidente que los esfuerzos de soldados, policías y voluntarios resultarían inútiles, pues a esa hora el incendio llegó a su clímax, cosa que confirma el vuelo que cobra la pluma de Trigueros: “Un torbellino de chispas, cual si fuesen miríadas de millones de luciolas dispersas (léase luciérnagas dispersas), erraban en el aire (…). Pudo verse entonces un espectáculo de una belleza aterradora. Las llamas fueron brotando poco a poco, por el caballete del edificio, hasta cubrirlo todo con un nimbo inflamado que se destacaba vivísimo sobre el fondo pálido de una noche límpida y serena. El penacho de fuego subía… subía hacia el cielo sin que, por fortuna, viento alguno lo agitara (…). Cada hueco del edificio, puerta o ventana, era entonces una boca encendida que vomitaba sin tregua su saliva de llamas, e iluminaba la plaza con el siniestro resplandor del incendio…”.

Los techos del tercer piso se desplomaron sobre los del segundo, que a su vez cayeron sobre los techos del primero. Rota la trabazón del edificio y aislados los muros, estos fueron derrumbándose uno tras otro con “fragoroso estruendo” y por unos instantes una negra nube de polvo lo cubrió todo. La torre de teléfonos quedó desnuda y envuelta en llamas que parecían una “túnica de fuego”, como una torre fantástica sacada de Las mil y una noches, dice el periodista, que no oculta la fascinación que le produjo aquel espectáculo “majestuoso y horrorosamente bello”, digno de Nerón, a quien a reglón seguido atribuye “un exquisito temperamento de artista” cuando incendió Roma. 

Al colapsar definitivamente las Galerías, los esfuerzos se concentraron en evitar que el fuego prendiera en el resto de la manzana. La muchedumbre agrupada en la plaza igual que “un rebaño”, pudo presenciar escenas cuyo heroísmo Trigueros no se cansa de subrayar, como la del jefe civil y militar de Cundinamarca, Arcadio Dulcey (sí, el mismo a quien luego enviaron los telegramas de felicitación) que trepó a los techos y anduvo entre las llamas dando órdenes. No solo la gente sino también la luna se veía “estupefacta, como idiotizada ante la magnitud del desastre”. Los civiles y agentes que perecieron, “con mansedumbre cristiana”, en el cumplimiento de su deber, sumaron alrededor de treinta. El relato consigna una larga lista de personalidades –Arístides Fernández, Pedro Nel Ospina, José María Samper…– que arriesgaron la vida y que nada pudieron en el intento de conjurar el incendio. Al fin y al cabo, reconoce el autor, la ciudad carecía de un verdadero cuerpo de bomberos liderado profesionalmente y con el suficiente número de bombas de agua, varias de las cuales fueron puestas esa noche a disposición de los rescatistas por empresas como La Bavaria (sic). “Nos condujimos –remata– como un pueblo valiente pero indisciplinado”.

Hubo un hombre que, a juzgar por la carta enviada al director de El Orden Público, mostró todo su valor la noche del incendio. Escribe el anónimo N que “cuando los pedazos de vigas desplomados se venían al suelo y las paredes se hundían llevando a su paso lo que encontraban”, esa persona irrumpió en lo que quedaba de las Galerías, acompañado de otros tres (entre ellos un juez y un sacerdote) y tumbó puertas y sacó “fragmentos del importante archivo que guardaba el Municipio como el más rico tesoro de la Independencia de este país”. La carta nos dice, sin mencionar el nombre, que se trataba del alcalde de Bogotá. No cabe duda: quien estuvo a punto de arrancarle el Acta a las fauces del incendio, fue el cartagenero Higinio Cualla.

Miro otra fotografía que encontré en internet: el encuadre abarca, a plena luz del día, el extremo norte de las Galerías Arrubla convertidas en un montón de escombros semejantes a los que deja un terremoto, como dijo un testigo. Un humo gris empujado por el viento envuelve las ruinas. En esa esquina de la plaza de Bolívar, enfangada en ciertos sectores, los destrozos y un sinnúmero de objetos arrumbados que en la imagen resultan irreconocibles (¿mesas?, ¿arcones?, ¿sillas?) permanecen en el suelo, entre la gente que ha llegado a mirar todo aquello, a recuperar lo que se pueda recuperar, a tomar notas para un artículo de periódico. Las fachadas del costado norte de la plaza se levantan intactas y por detrás alcanza a verse el lejano perfil de los cerros, bajo un cielo inmenso y blanco. Pareciera que la fotografía fue tomada muy temprano (Trigueros escribe que al amanecer las campanas seguían aullando “en sus lenguas de bronce”), pero podría ser cualquier hora, porque se sabe que el humo siguió saliendo todo el día y que en la noche del lunes 21 de mayo los rescoldos amenazaron con una nueva embestida del incendio, hasta que el fuego se extinguió por completo.

 

Epílogo

Si he de creer a Corradine Angulo, cuyo texto dice que logró determinarse que Emilio Streicher era el artífice del incendio cuando ya había hecho efectivo, no solo un seguro a su favor, sino también otro a favor de la empresa propietaria de la sombrerería, entonces puedo ver a Streicher deambulando esa mañana entre los restos calcinados, mientras intercambia con propios y extraños lacónicos comentarios en su precario español entorpecido por el acento, falsas palabras que pretenden mostrar sorpresa, indignación, impotencia. Puedo oírlo en la oficina de la aseguradora, hablando acerca del incendio con el director a cargo, a quien Streicher ha entregado, extendiéndolas sobre su escritorio, las pólizas que los acreditan, a él y a sus jefes que eran los dueños de El Progreso, como los legítimos compradores de las mismas, como súbditos del káiser Guillermo II, con quienes, en estas circunstancias (advierte Streicher en voz baja) sería una torpeza no avenirse. Puedo presentir el pálpito que le recorre las manos cuando escasos días después recibe una carta o de pronto un telegrama, su sonrisa de triunfo al leer el escueto mensaje que confirma que el dinero de los seguros ha sido girado a un banco en Berlín (o en Hamburgo, o en Düsseldorf, o en Múnich, o en cualquier otra ciudad del Imperio alemán).

Al alba del sábado siguiente al incendio, tras dos semanas de choques entre columnas de fusileros y violentas escaramuzas que se sucedieron a lo largo de un frente de 26 kilómetros, las tropas liberales, cuya revolución fue, como dijo un contemporáneo, “la aventura más arriesgada y más absurda que se haya cometido en Colombia”, abandonaron el campo de batalla de Palonegro, al occidente de Bucaramanga, donde dejaron 1.500 muertos.

Faltaban todavía dos años y medio de guerra y a través de un país en el que pelearon durante 1.130 días macheteros y niños, guerrilleros y mujeres, Streicher habría emprendido el retorno a Europa. Es posible que muy pronto el viaje haya tomado ribetes de fuga, pues Corradine Angulo afirma que “nunca lo alcanzó la justicia colombiana”. ¿Dejó esa justicia algún expediente (lo presumo en el fondo polvoriento de un despacho público de esta Colombia de abogados) que contenga datos adicionales acerca de la vida y figura de Streicher, ausente casi por completo de los libros de historia y de las páginas de los periódicos? En un último atisbo a la mala vida de Emilio Streicher, fruto de mi invención, presiento sus pasos en San Victorino, donde toma el camino de Honda, antes de embarcarse en un vapor por el Río Grande de la Magdalena. La guerra y las fintas que sin duda hizo para embolatar el rastro lo llevaron a alterar una y otra vez el itinerario, de manera que en adelante cualquier conjetura acerca de su paradero no es sino pura ficción. 

El 20 de julio –dos meses después del incendio– El Orden Público sacó en la segunda página del número 204, el discurso del alcalde Cualla exaltando la fiesta nacional y deplorando el incendio de las Galerías, cuyas ruinas, en aquellos “días oscuros (…) de desolación y de muerte”, se alzaban, escribe, como un símbolo de la situación a la que Colombia podría llegar. El mismo número también recoge el discurso del presidente Sanclemente en el que aplaude la victoria de su gobierno en Palonegro y pide a los colombianos que lo ayuden a salvar al país de la anarquía que lo amenaza y a enrutarlo por la senda del desarrollo y el bienestar. “No más divisiones, compatriotas. La unión y la concordia nos librarán de nuevas disensiones”. Palabras rebosantes de optimismo que en ningún momento permiten anticipar un golpe de Estado, escasos once días más tarde, a manos de sus propios copartidarios.  El hecho no salió registrado en el periódico: un día antes, el 30 de julio, circuló la última edición de El Orden Público, o al menos eso es lo que creo, porque no encontré un solo número posterior a esa fecha.  

En 1900 Cualla también dejó el cargo de alcalde que había ocupado durante 16 años, desde los tiempos de Rafael Núñez, su primo y también su paisano. En agosto los hermanos Samper Brush, tras una larga y formidable aventura que implicó sortear las dificultades de una Colombia en guerra y las alturas de la cordillera, pusieron a funcionar cerca del salto de Tequendama la primera hidroeléctrica de Bogotá, y los bombillos –superada la tecnología del arco voltaico– empezaron a multiplicarse en calles y casas. En octubre, la Compañía Colombiana de Teléfonos vendió sus derechos e instalaciones a la inglesa The Bogota Telephone Co., aunque la destrucción de la torre en el incendio de las Galerías dejó a la capital sin el servicio cerca de seis años. Y como si la brutalidad de las llamas de la noche del 20 de mayo de 1900 hubiese anulado toda voluntad de los bogotanos a la hora de combatir el fuego, ese mismo año el Cuerpo de Bomberos fue clausurado hasta 1904, cuando las autoridades lo pusieron de nuevo en funcionamiento por dos años, antes de volver a cerrarlo durante más de una década.

En los últimos meses de la guerra iniciaron las obras del Palacio Liévano, inaugurado en 1910, en vísperas de la celebración del centenario de la Independencia. La reyerta por un florero que un chapetón no quiso prestarle a un criollo es otro ejemplo de la historia en el que una trivialidad sirve de pretexto para iniciar una crisis y poner el mundo patas arriba. Después de muchos años visité de nuevo la casa convertida en museo donde tuvo lugar aquella escena y a la que volvió uno de los trozos del florero de porcelana, ahora conservado en una urna en la sala del segundo piso. A un par de pasos di con el balcón esquinero que se asoma al suroccidente, abierto como un lente ojo de pez a la plaza de Bolívar, un punto privilegiado para mirar la fachada del Palacio diseñado por Gastón Lelarge, sus mansardas que lo rematan en cada extremo, sus pilares de piedra por cuya galería aporticada caminé tantas veces. 

Entonces busqué en la sala contigua el Acta de Independencia. Quiero decir, la alegoría del Acta de Independencia litografiada por el Banco de la República en 1952 y que tiene como primer antecedente un dibujo, hoy perdido, que Simón José Cárdenas, calígrafo y miniaturista, hizo en 1846 como un homenaje al Acta de la Revolución que ardió en las Galerías Arrubla. Tal es la accidentada metamorfosis del documento, pretensiosamente condensada en unas pocas líneas mías que posiblemente la desvirtúan. En la esquina superior izquierda, rodeado de hojas de laurel como los demás nombres, dice “Dr. Emigdio Benítez”. Averigüé hace poco que el segundo apellido del presunto tío de mi bisabuela era Plata, que nació en Socorro, que fue profesor del general Santander, y que murió fusilado en 1816 por orden de Pablo Morillo. Algún día –pensé mientras abandonaba la casa por la puerta de la calle 11– voy a escribir unas cuantas páginas sobre mi antepasado.   

 

 

ACERCA DEL AUTOR


Fernando Nieto Solórzano (Bogotá, 1971). Es egresado de la Universidad Javeriana, donde estudió periodismo, tomó asignaturas de literatura y se graduó de la maestría en historia. Ha sido profesor, colaborador de El Tiempo y jefe de redacción y editor de casas editoriales como Semana y Villegas Editores. En 1992 el Gimnasio Moderno publicó diez poemas suyos en Torre de palabras y en 2006 Editorial Panamericana puso en circulación Napoleón, prisionero de una ambición. Sus textos "Más allá del jardín de Adela", "Todo o nada" y "Domingo del fin del mundo" resultaron finalistas del IV, VIII y IX Premio Nacional de Cuento La Cueva, respectivamente. Fueron publicados por la fundación en Cuando vuelvas de Marte y otros cuentos (2015), La cosa nuestra y otros cuentos (2019) y La venganza de Catalino y otros cuentos (2020). Actualmente trabaja en Bogotá como asesor en temas de comunicaciones.